A sus setenta años, Ernesto Santos es un profesor jubilado y un escritor de éxito, que, desde hace unos años, vive alejado, por voluntad propia, de los círculos literarios y de la vida de sociedad. Mudado del centro de la ciudad a un barrio de los extrarradios, vive sus días en una soledad buscada, inmerso en una introspección vital, en una búsqueda de sí mismo y en un perpetuo análisis sobre los temas trascendentales que, a lo largo del tiempo, han conformado el hombre que es y su presente.
La única relación que mantiene con sinceridad y dedicación es con David Lekue, quien fuera alumno suyo y hoy en día su mejor amigo. Desde hace dos años esa relación no ha podido disfrutarse como lo venían haciendo hasta entonces, debido al máster que David está estudiando en los Estados Unidos para completar su carrera de neurocirugía.
El mismo día en que David regresa a España una vez finalizados sus estudios, telefonea a Ernesto para proponerle comer juntos. El reencuentro es deseado y emotivo. Pero David advierte detalles en su viejo maestro que le inquietan: le ve avejentado, disperso, abstraído, distraído. Preocupado por ello, fuerza, de manera disimulada, más visitas. Cuando comprueba que sus impresiones no fueron erróneas y que el comportamiento de Ernesto no obedeció a algo puntual, decide hablar con él. Entonces, su querido amigo, su querido profesor, se sincera con él y le confía el motivo de sus tribulaciones: lleva un tiempo intentando escribir un poema, un sólo poema, que perpetúe su nombre para la eternidad, pero no como un afán de alimentar su ego ni de alcanzar glorias mundanas, sino como una excelsa contribución al universo, a su amado universo de las letras.
David, asombrado y perplejo, le recuerda su trayectoria literaria, sus logros, los galardones obtenidos a lo largo de cuarenta años, el reconocimiento de público y crítica que aún continúa recibiendo. Pero Ernesto, reconociendo todo aquello, defiende su idea, asumiendo que, en el fondo, quizá sólo sea una obsesión provocada por la edad. David decide apoyarle en su objetivo y le anima a llevarlo a cabo. Es entonces cuando Ernesto confía plenamente a su pupilo la inquietud que le invade más allá de alcanzar o no su propósito: a menudo le visitan su mente y su conciencia, acosándole, cuestionándole, interpelándole, aturdiéndole, envolviéndole en una niebla que le enturbia la razón y le pierde en el laberinto de una etérea inspiración.
David queda preocupado. ¿Demencia transitoria? ¿Simple estado de ansiedad?... ¿O acaso hay una razón no confesada?
SOBRE LA OBRA...
De mí cuando yo muera es una obra teatral que aborda el tema de los hilos que mueven a los escritores en el momento en que éstos desean, o necesitan, dejar la huella de su paso por las letras para ser recordados, y reconocidos, por las generaciones posteriores. ¿Narcisismo, obsesión, autocomplacencia, exacerbación del ego?
Ernesto Santos, protagonista de la obra, profesor jubilado y escritor de éxito, puede contemplarse como el eco intemporal de Aquiles: ¿la vida eterna en el anonimato o la muerte y la gloria eterna? Disyuntiva que se plantea de manera abstracta como eje secundario del argumento.
De mí cuando yo muera desea traspasar las fronteras que separan la íntima realidad de un autor de lo que al mundo le es permitido ver: los lectores y lectoras conocemos lo que ese autor o autora nos permite saber; el resto de su universo —talentos, miedos, procesos creativos, manías, anhelos— queda fuera de nuestro alcance. También persigue convertirse en espejo de quienes hacen de la literatura el epicentro de su existencia, explorando en sus inquietudes, en sus urgencias, en sus aspiraciones. El paso del tiempo, la edad, el peso del pasado, tienen asimismo su papel en la historia.
Una pieza teatral, escrita en cuatro escenas, que navega entre las claves del teatro existencial y el pulso dramático.